Polvo eres...
La vida está llena de ironías.
El único razgo que heredé de mi abuela fue la lágrima fácil y en su muerte no solté ni una sola.
No es que no me doliera, es sólo que no tengo motivos para extrañarla.
Escuchar el llanto de mis primos y parentela fue difícil.
Me estremeció pensar que desde ese sábado no estaría en su casa, que estaría ahí, tres metros abajo, con su blusa beige, su sueter verde olivo, su anillo de casada y una montaña de tierra encima.
Me dolió ver llorar a mi abuelo y a los dos segundos reírse y soltar un chiste.
-Voltéela mijo, quiero verla
-Ya la viste 63 años Pilo
-Quiero verla, qué no ve que ahora se ve más bonita... está callada.
La noche de su entierro me esforcé en serio por recordar alguna anécdota con ella, y sólo volvieron a mi mente recuerdos de las noches del verano de los ochenta, cuando caminábamos desde mi casa en la 48 hasta la suya en la privada de Ochoa y 16.
Era una aventura atravesar el arroyo de la Rosario inundado de girasoles y metros adelante saltar las vías del tren de la Bellavista.
Ahí estaban los recuerdos, pero no estaba ella.
Por fin, luego de mucho tratar llegó a mi mente aquel fin de semana en que murió mi abuelita Micaela y mi hermana y yo tuvimos que quedarnos en su casa.
Encendió la plancha, puso su dedo índice entre los labios y luego ya empapado lo estrelló sobre la cubierta caliente.
- Listo!!!!
Mi abuela me había hecho el regalo más bonito que hasta entonces había recibido: pegó una calcomanía de la Mujer Maravilla en mi short favorito, el verde que según yo se parecía a los que usaba Hugo Sánchez.
Todo fue recordar esa anécdota y llegaron a mi mente algunas de las frases que decía.
"Ecolecuá" para aprobar algo, "voy volando" cuando ya casi no podía moverse, y por supuesto el clásico grito que le pegaba a mi abuelito, "Mentecato", con su respectiva respuesta: "Mentecinco".
Entonces recordé lo mucho que ninguneaba a mi abuelo, los gestos de disgusto que hacía cuando mis hermanos y yo llegábamos a su casa, la ocasión en que fingió no escuchar a mi prima Brisia tocar a su puerta, lo mala que era en la cocina y otras tantas cosas verdaderamente graves y difíciles de resumir.
Evidentemente no eran los recuerdos que buscaba... eran los que existían.
Quisiera decir que no tengo motivos para recordarla pero al morirse hizo su última maldad, una que nos obligará a tenerla presente todos los días:
Dejó más triste y más solo que nunca a mi abuelo, ese viejito que pese a los malos tratos que recibió de ella y del engaño del que fue objeto, le llora amargamente desde su silla de ruedas.
